2001: El año en que debuté en el mundo laboral... y me enfrenté a mi primera gran lección de ética profesional.
Año 2001, mi Debut en el Mundo Laboral Arqueológico
Tenía poco más de tres meses luego de haber sustentado mi proyecto de investigación para obtener el titulo profesional cuando supe de una convocatoria laboral fuera de la ciudad donde radico, entonces al saber quien era el responsable de la convocatoria, me contacte con él, me explicó que solo se reconocería los pasajes a la zona de residencia y trabajo por un mes y alimentación, como anhelaba ganar experiencia accedí y es asi como tuve mi primera experiencia formal como profesional. Dicha propuesta me llevó a la región Amazonas junto a dos colegas más, para sumarnos a un proyecto de investigación en un poblado al sur de la capital de la región.
Todo comenzó bien. Durante la primera fase del trabajo (prospección, reconocimiento y registro del material de superficie) nos adaptamos al entorno, al ritmo del equipo y a las exigencias del proyecto. A mitad de mes, se nos comunicó que recibiríamos una propina: 300 soles, pero había un requisito: tener recibo por honorarios, aun no contaba con este tipo de documento (comprobante de pago). Solo una de nosotras, a quien llamaré Arqueóloga A, contaba con facturas, ya que su familia tenía un negocio. Se acordó que ella recibiría el total y nos entregaría nuestras partes respectivas.
Finalizó la temporada. Volvimos a casa. Y pasó una semana… luego otra… y otra más. A mí no me llegaba nada.
📞 Llamadas. Visitas. Excusas. “No está”, “salió”, “deje su mensaje”. Hasta que, aproximadamente a los 40 días, recibí la llamada más insólita de mi vida: Arqueóloga A, indignada, me llamaba para reclamarme.
👉¿La razón? Mi madre, preocupada por verme mal, aun sin expresar mi molestia y decepción, ella observaba mi mirada pues opté por ya no hablar mas del tema (me estaba resignando) y entendió la situación, entonces resulta que mamá había contactado sin que yo sepa a la suya para saber qué pasaba. Y eso, al parecer, fue el gran "crimen".
A través de esa conversación, la verdad salió a flote:
La arqueóloga A había usado mi dinero para cobrarse una deuda que el director del proyecto tenía con ella. Sin consultarme. Sin explicarme. Sin disculparse.
Y lo más absurdo: la "afectada" era ella. No yo.
Yo solo escuché. Luego, con calma, le dije una verdad simple:
Hoy, casi 25 años después, valoro esa experiencia como un antes y un después en mi vida profesional.
Aprendí lo que no se enseña en las aulas:
✅ Que la resiliencia no siempre se entrena: a veces, simplemente despierta.
✅ Que un mal líder puede enseñarte exactamente cómo no debes liderar.
✅ Que la coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos es lo que construye (o destruye) nuestra credibilidad.
✅ Que en los peores momentos, la contención emocional aparece, a veces desde los lugares menos esperados. En mi caso, fue mi madre: mi puente hacia la verdad.
✅ Que en el trabajo no siempre hay amigos. Hay colegas. Y no todos saben serlo.
✅ Que hay lecciones que se convierten en principios: “No hagas a otros lo que no quieres que hagan contigo.” Y es una de las máximas que nos dejó el maestro Jesús de Nazareth.
🧭 Por eso, hoy invito a reflexionar en base a mi experiencia que seguro le ha pasado a alguien más y no callar ante las injusticias. Porque el silencio te vuelve cómplice. Porque sí, hay que denunciar. Y sí, hay que actuar.
Porque finalmente, la ética no se firma en un contrato. Se demuestra en las decisiones más pequeñas.
Cuéntame si te pasó algo similar alguna vez y como lo resolviste, que hiciste, que lecciones te dejó lo vivido. Te leo en los comentarios.

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