23 de diciembre de 1984. Una fecha que nunca olvido. Llegamos en tren desde Arequipa a Puno. Yo tenía siete años y por primera vez vi el majestuoso lago Titicaca, ese del que hablaban las clases de historia cuando mencionaban a Tiahuanaco. Pero Puno me mostró mucho más que un paisaje.
Me enseñó a observar. A las mujeres de polleras amplias, mantillas bordadas, a los hombres del campo, a los que llevaban turistas en sus lanchas, al sonido de la corneta que llamaba a los soldados para el rancho. A la gente bailando, incluso bajo la lluvia, en honor a Mamacha Candelaria.
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| Puno, 2017 |
Puno me dio mis primeras nociones del Perú milenario y ancestral, del Perú ritual y festivo, del Perú que vive su fe, su cultura, su historia… incluso en silencio.
Después vino Tacna. Tenía casi nueve años. El trabajo de mi padre nos llevó a Locumba, y luego a la ciudad de Tacna, donde me matricularon en la escuela “Nuestros Héroes de la Guerra del Pacífico”. Ahí frente al cuartel, al cruzar un parque lleno de historia, crecí observando los monumentos de Bolognesi y Grau. Julio y agosto no eran solo meses de frío o vacaciones: eran el momento en que esa ciudad me mostraba el valor del sacrificio, la memoria y la resistencia. Tacna me enseñó a abrazar mi identidad peruana sin necesidad de palabras.
Puno me dio sensibilidad. Tacna, memoria. Ambas me formaron. En ambas sellé, sin darme cuenta, mi identidad peruana.
Y aquí la gran pregunta ¿Qué es la identidad nacional?
Según el investigador Gustavo Pastor (2016), esta se forma a partir de dos dimensiones:
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El Estado (material): la organización política y administrativa del territorio.
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La Nación (inmaterial): la personalidad única del país, hecha de su historia, cultura, religiosidad, economía, símbolos, fiestas y costumbres.
En otras palabras, así como cada persona tiene muchas identidades (regional, de género, lingüística, religiosa), hay una que nos une: la identidad nacional dominante: ser peruanos.
Y hoy, más que nunca, necesitamos volver a sentirnos parte de algo mayor.
Alto de la Alianza, Tacna 1986
En este mes patrio, en medio de tensiones políticas, desigualdades persistentes y heridas aún abiertas, me pregunto:
¿Cómo volvemos a sentir el Perú sin esperar un desfile o un feriado?¿Cómo cultivamos ese orgullo silencioso, pero profundo, de ser parte de esta nación tan diversa, tan fuerte y tan viva?


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