Hace 7 años supe que existía el Día Internacional de la Arqueología, sin embargo no se me ocurrió pensar que precedentes generaron esta fecha importante, hasta que hace un par de días antes de llegada la fecha estuve revisando, investigando información al respecto, lo que hallé me dejo muy reflexiva.
La fecha, en cuestión me condujo hasta Siria y un personaje digno de admirar, cuyas acciones se han vuelto hoy en día un legado invaluable, además deja una posta grande para quienes actualmente ejercen la Arqueología en diversos países.
Y es que en lugar de hablar solo de excavaciones y descubrimientos, quiero invitarte a reflexionar sobre lo que realmente significa esta disciplina y el legado de un héroe desconocido para muchos, en especial sus colegas de otras latitudes como Perú, Argentina, México, Chile, Bolivia, Argentina, EEUU, etc., me refiero al arqueólogo sirio Khaled al-Asaad.
Palmira: La ciudad que capturó un alma
Para entender la magnitud del sacrificio de al-Asaad, primero hay que entender su profundo amor por Palmira. Durante más de 50 años, este erudito fue el director de antigüedades de esta ciudad milenaria, un oasis en el desierto sirio que fue un importante centro cultural y comercial en la antigüedad. Su pasión por Palmira era tan intensa que, incluso después de su jubilación, siguió trabajando en las excavaciones.
Al-Asaad era más que un arqueólogo; era un custodio, un guardián de la memoria de la humanidad. Su trabajo no solo consistía en descubrir ruinas, sino en hacerlas accesibles, en enseñarle a cada visitante el valor de su historia. Escribió numerosos libros y artículos, y se convirtió en una autoridad mundial en la historia de Palmira. Él era el puente entre el pasado y el presente.
El enfrentamiento con la barbarie
En 2015, su vida y la historia de Palmira se vieron amenazadas. Las fuerzas del Estado Islámico (ISIS) invadieron la ciudad, destruyendo templos y esculturas que consideraban idolátricos. Al-Asaad, a pesar de sus 82 años, se negó a abandonar su puesto. A sabiendas del peligro, ayudó a su familia a evacuar la ciudad y, junto a un equipo, logró poner a salvo miles de valiosos artefactos. Cuando fue capturado, los extremistas le exigieron que revelara el paradero de los tesoros que había escondido. Su respuesta fue un acto de suprema valentía. Al-Asaad se negó rotundamente. Su negativa no fue solo un acto de rebeldía, fue una declaración de principios: la historia de la humanidad no tiene un precio. No se negocia, no se entrega. A consecuencia de su valentía, fue brutalmente ejecutado, pero su legado permanece intacto.
Una lección universal
La historia de Khaled al-Asaad trasciende a la arqueología. Es una lección para todos, independientemente de nuestra profesión: Nos enseña que la historia y la cultura son un patrimonio compartido que debemos proteger. Nos enseña que el valor y la integridad son cualidades innegociables. Su sacrificio nos recuerda que un arqueólogo es, en esencia, un contador de historias de civilizaciones que ya no existen, un protector de la identidad que nos define. Considero que los arqueólogos de manera especial, independientemente del Día Internacional de la Arqueología, deberían honrar la memoria de Khaled al-Asaad y la de muchos otros arqueólogos que, a lo largo de la historia, han dedicado sus vidas a preservar nuestro pasado para que las futuras generaciones no pierdan su camino.
Su legado no está enterrado; resuena en cada ruina y en cada artefacto que, gracias a él y a otros como él, ha sobrevivido para contarnos su historia.
Palmira antes de su destrucción
Después de su destrucción a manos del grupo terrorista Isis.
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