Hay momentos que se quedan grabados para siempre, y para mí, Simbal 2008 es uno de ellos. En marzo y agosto de aquel año, llegué al colegio del distrito con la ilusión de compartir lo que más me apasiona: la historia profunda que sostiene nuestro patrimonio cultural arqueológico. No imaginaba entonces que esos encuentros marcarían un antes y un después, no solo para los estudiantes, sino también para mí.
Recuerdo con nitidez la escena: un aula llena, miradas atentas y ese brillo que solo aparece cuando algo despierta una curiosidad genuina. Hablamos del por qué y para qué del patrimonio, del cómo y cuándo, del dónde y del qué. Y mientras avanzábamos, los alumnos de 4.° y 5.° de secundaria empezaban a conectar la historia de miles de años con la vida cotidiana de su propio distrito. El pasado, de pronto, ya no era distante.
Las charlas se organizaron junto a la dirección del colegio y al profesor de Historia, quien también buscaba fortalecer sus conocimientos sobre el periodo prehispánico. Era un entusiasmo compartido:
queríamos que Simbal, su historia y su gente, ocuparan el lugar que merecen.
Lo que ocurrió después fue, simplemente, inspirador. A las pocas semanas, recibí una noticia que me llenó de emoción: varios estudiantes, motivados por las charlas, habían decidido formar un Club de Historia y Turismo. Con el acompañamiento de su profesor, el apoyo del director y el impulso de sus familias, gestionaron ante la municipalidad un espacio para crear un museo comunal. Una idea nacida en un aula empezaba a tomar forma en la comunidad.
Cuando visité por primera vez las pequeñas salas que habían acondicionado, las piezas que tenían eran pocas, pero la convicción era inmensa. Esa mezcla de orgullo, iniciativa y amor por su patrimonio fue suficiente para convertir un sueño escolar en un proyecto real. Y debo admitirlo: verlos lograrlo también me llenó a mí de orgullo.
En 2009, ese esfuerzo dio fruto: el espacio se consolidó como el Centro de Preservación del Patrimonio Cultural de Simbal. Una muestra viva de lo que puede surgir cuando la historia se enseña con pasión y se abraza con entusiasmo.
Hoy, cada vez que recuerdo esa experiencia, me pregunto: ¿Cuántas historias como esta estarán esperando ser contadas en nuestras comunidades? ¿Cuántos proyectos podrían nacer si más jóvenes descubrieran el poder de conocer su propio pasado?


Comentarios
Publicar un comentario